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Diez momentos inolvidables en Perú

Un día X, como a las seis de la tarde, uno de nosotros se despidió como es habitual a esa hora cuando todos nos empezamos a ir a descansar…

Un día X, como a las seis de la tarde, uno de nosotros se despidió como es habitual a esa hora cuando todos nos empezamos a ir a descansar. Esta vez era viernes y se sentía la euforia típica de ese día.

“Espera diez minutos más, todavía no te vayas” le dice Julián, “Tenemos que decirle algo a todos”.

Después de esos diez minutos, algunos curiosos nos hicimos en la sala. siempre que nos convocan a la salita, sabemos que habrá un anuncio importante de cualquier tema: Alguna celebración de cumple, un evento al que iremos, algún cambio interno, alguien que se unirá al equipo o alguna invitación.

Pasaron los minutos y nosotros ahí sentados molestando, haciendo chistes pero con cierto nerviosismo de que empezara el anuncio oficialmente, entonces como mecanismo de defensa , hablábamos más y más como para darle largas. Unos en el baño, otros distraídos, hasta que por fin estuvimos todos reunidos, Julián tomó palabra y nos dijo: “Bueno muchachos, tenemos un anuncio que hacerles” ahí, algunos empezaron a interrumpir con chistes: “ah ya, van a despedir a tal jajajaja” o “aaah ¿quien va a ser papá?” o cosas por el estilo…después de los chistes , Julián continuó “Sabemos que este ha sido un año duro, se ha trabajado bastante, nos hemos esforzado todos para sacar los proyectos adelante, algunos han dado de su tiempo de descanso para darnos una mano y avanzar; todos estamos agotados y por eso queremos tomarnos una semana libre”.

Hasta ahí todo bien, todo normal, entonces según eso, no iríamos siete días a la oficina, ok, podríamos estar en nuestras casas durmiendo, o viendo Netflix o saliendo a caminar o por lo menos eso vino a mi mente intentando completar por adelantado lo que nos estaba diciendo.

“Por eso nos vamos de ir de viaje…” ah ok, ¡un viaje a una finca cercana o algo! No. “…a Perú”.

A Perú.

Momento…¡A Perú!

(Silencio general, shock, miradas entre todos como dudando, pero sabiendo que era en serio, un momento super raro)

Luego una especie de gritos de euforia pero a la vez como , ¿qué es esto?, ¿es en serio? y ahí ya algunas preguntas:

“¿y a qué parte iremos?”

Entonces Nata remató todo diciendo “Vamos a Macchu Picchu”.

Wow. sin palabras.

Abrazos, risas, dar las gracias por una sorpresa tan repentina y tan bonita. De verdad y creo que hablo por todos, ninguno de nosotros jamás se imaginó que el viaje fuera a Perú y que tuviéramos la tranquilidad de ir con todo pago y sin más preocupaciones que ir a disfrutar lo más que se pudiera.

Eso nos lo dijeron como dos meses antes, porque coordinar un viaje de un grupo grande es una tarea larguita y requiere ciertos preparativos. No sé como fue para los Monokus, pero para mi fue en un abrir y cerrar de ojos que la fecha del viaje llegó.

Todos llegamos a la oficina ese día con esa miradita de “¡es hoy!”, algunos con sus maletas y ya con su pinta de viaje puesta. Otros no estábamos tan listos aún pero teníamos bastante tiempo porque salíamos a la madrugada del siguiente día.

Ese día hablamos de maletas, de qué se podía llevar y qué no, comparamos las maletas, más chistes, suposiciones sobre el viaje, poner musiquita peruana durante el día:

(Escucha el playlist mientras lees el artículo), especular sobre las primeras cosas que queríamos hacer y comprar allá. Y bueno, sin más largas, nos fuimos para Perú!

Aquí en Crepes and Waffles del aeropuerto El Dorado, a muy poco de salir.

No habrá palabras suficientes para describir fielmente la comida y lo mucho que la disfrutamos. El pan lo guardaré como uno de los mejores recuerdos, el ceviche de pescado, las ostras (no me gusta la comida de mar, pero en Perú eso cambió), la chicha morada, la Inca Kola y tantas cosas ricas y nuevas que nunca había probado.

También pocas las palabras para describir cada lugar al que fuimos, fuera catedral, museo, ruina o restaurante. Poca la memoria para recordar tantas cosas que nos contaron en el camino, hechos históricos, protagonistas importantes, datos de la ciudad y estilo de vida que nos dejó claro que estábamos por unos días, inmersos en una cultura arraigada y amada por sus habitantes. Gabriel, uno de nuestros guías, nos logró transmitir y dejar esa pasión por cada nuevo descubrimiento, fue genial ver que Perú va más allá de lo que estamos acostumbrados a ver en la “Perubólica”. Aún hoy después de unos días de estar de regreso, seguimos con la nostalgia de lo que vivimos porque fuimos sorprendidos más allá de cualquier expectativa.

Aquí algunos momentos del viaje que para nosotros son inolvidables.

1. Llegada a Lima

En este punto estábamos un poco agotados por el trajín del día anterior sumado al viaje en avión, pero no tanto como para apagar la emoción y la expectativa de conocer la ciudad. También con curiosidad de saber cómo funcionaba el tour; un mes antes ya teníamos un itinerario donde nos contaban los planes de cada día.

Ya algunos habíamos leído ese itinerario, pero eran tantos destinos, con nombres tan extraños, que fue difícil memorizar o siquiera entender qué era lo que realmente íbamos a hacer.

Entonces cuando ya íbamos saliendo para encontrar nuestro transporte, vimos un letrerito con el logo de Monoku. Lo sostenía en alto Gabriel, que sería nuestro guía en Lima. Desde el momento del encuentro, se hicieron cargo de nuestras maletas y desde ahí formalmente inició el viaje.

Nos llevaron a un bus lo suficientemente grande como para que cada uno ocupara dos sillas. Apenas nos montamos, se sentía en el ambiente que todos nos íbamos a ir quedando dormidos de a poco, porque era muy cómodo y calientito. Sin embargo, resistimos las ganas de dormir y en lugar de eso teníamos nuestros celulares y cámaras pegados a las ventanas, tratando de capturar cada fachada, color, cosa insual o nueva que se nos atravesara. Gabriel, con su carisma y notable pasión por su ciudad y cultura nos iba hablando y contando datos históricos o curiosos con ayuda de un micrófono para que nadie se perdiera lo que decía.

La llegada fue impactante porque el lugar nos encantaba y las expectativas iban siendo superadas y fue muy bonito ver la reacción de todos, que aunque no estábamos muy habladores, lográbamos notar en el otro la emoción de estar ahí por fin.

Saliendo del aeropuerto.
La primer catedral que visitamos en la plaza de armas.
Esta catedral fue construida en madera.
Una biblioteca con libros tan antigüos que hasta hay una biblia de Gutenberg.
Mi lugar favorito fue este jardín. Se escuchaban pajaritos, muchos pajaritos cantar.
Cielo siempre gris, no llueve hace 40 años.

2. Caminando por el parque del amor

Aquí lo bonito fue acompañar a aquellos que por primera vez veían el mar. Este parque tiene vista al océano pacífico acompañado de un cielo gris, que al contrario de verse deprimente, inspira mucha tranquilidad. No estuvimos mucho rato allí, pero fue el primer lugar donde varios probaron empanadas y churros mientras otros nos sentamos a contemplar el mar y el paisaje. Fue muy bonito ver las reacciones de los que veían el mar por primera vez, de hecho uno de los monokus estaba de cumpleaños y fue el momento de decirle “¡Feliz cumple!”. esa felicidad de todos expresada de diferentes maneras fue increíble.

3. Danza de las tijeras

En la noche fuimos al restaurante La Dama Juana. Allí podíamos comer del buffet y a ver una muestra folclórica que incluía las danzas más importantes peruanas. Fueron varias las que nos encantaron, todos tomamos videos o fotos porque los vestuarios, la música y el lugar eran increíbles. La que más nos impactó a todos, o por lo menos de la que más hablamos fue la danza de las tijeras porque es una mezcla de acrobacia, break dance(?) y una gran habilidad para bailar mientras hacen sonar unas tijeras que acompañan el ritmo de la música.

Nos dejó impactados ver no solo la resistencia física, sino la habilidad para hacer pasos que a nosotros nos dejaría en cama con solo intentar el más simple. Fue nuestra primera noche en Perú y por eso es memorable. Ah! y porque sacaron a bailar a Julián y a David.

David.
Julián.
La famosa danza de las tijeras.
Una de las muchas acrobacias (nótense las tijeras en la mano izquierda).

4. Carrera en la Hacienda los Ficus

Después del almuerzo comenzaron a escucharse propuestas de hacer una carrera.

En Monoku nos gusta jugar literalmente de todo: Charadas, UNO, Tabú, Karaoke, Rock Band y también en ciertas ocasiones y cuando el espacio lo permite, hacer carreras.

La última fue en Cali, donde casi todos participaron y ganó Miguel; ahora ahí en esta hacienda, estaba el espacio perfecto al aire libre, con una zona verde muy bien cuidada para las presentaciones que se hacen allí con caballos de paso. Esta hacienda queda como a cuarenta minutos de Lima y una hora antes habíamos visto un show increíble de estos caballitos que son entrenados en lo básico para estos eventos, pues de nacimiento ya tienen el talento para “caminar” con estilo.

Se demoraron un rato cuadrando los detalles “Tenemos que ir hasta el fondo (donde termina la zona verde), darle la vuelta al parlante (Este parlante lo usan para la música del show) y regresar. El que llegue primero es el ganador”. El famoso parlante estaba suspendido en un atril que se veía muy débil en comparación con el volumen del mismo, pero a nadie le llamó la atención ese detalle.

Participaron como 8 monokus, todos hombres y se prepararon en la zona verde, super emocionados, haciendo chistes como siempre hasta que ya se pusieron “serios” para darle inicio a la carrera. “uno, dos, ¡tres!” y salieron.

Corrían muy rápido y en menos de nada llegaron al parlante al que debían darle la vuelta para devolverse. Los que no participamos vimos toda la escena: Los chicos corriendo alrededor de ese parlante, siguen corriendo a toda y no se fijan en que el parlante está perdiendo el equilibrio hasta que cae al piso.

Yo recuerdo que grité “¡El parlanteeee!” y todos nos asustamos porque la caída sonó durísimo. Eso no impidió que se finalizara la carrera, con ganador y todo, que se llevó veinte soles que acordaron como premio.

Después de la carrera, los que participaron se fueron a ver el parlante y ya se veía que había que pagarlo, que esos veinte soles del ganador iban a ser para la vaca para pagar ese daño, pero no. Probaron el bichito y estaba funcionando perfecto, lo único raro es que al parecer se rompió un poco la carcacasa, pero no parecía que hubiera sido en ese momento. Fueron como diez minutos en todo eso y estábamos un poco ansiosos. Finalmente todo se solucionó.

Ahí queda uno de los recuerdos memorables, verlos correr a todos, los chistes del momento y lo mucho que nos reímos del incidente va a quedar como tema en la oficina.

La zona verde de la carrera.
Los que no estuvimos en la carrera, excepto Pechu, en la izquierda.
Dos de los implicados.

5. Jugar en el mar en Lima

Estábamos acabando la cena en la Rosa Naútica; era ya nuestra última noche en Lima y algo que nos encantó de este lugar es que podíamos vernos suspendidos en el mar a través de las ventanas. Aunque ya era de noche, alcanzábamos a ver las olas y algunas aves. Esto dio lugar a uno de los primeros debates ¿eso es una gaviota o un pelicano? después de mucho discutirlo se quedó como pelicano y hasta el día de hoy no sabremos como comprobar eso, pero bueno, digamos que por las ventanas podíamos ver algunos pelicanos. La comida como siempre deliciosa, probamos ostras, ceviches, ensaladas, el siempre adorado pan con mantequilla que te ponen en la mesa mientras traen las entradas y pisco, que es un trago típico que nos ofrecían en la mayoría de resturantes a los que íbamos.

Luego poco a poco nos fuimos levantando por grupitos y nos fuimos a caminar por el lugar, que está construido en madera y tiene una especie de puente que se eleva un poco sobre el mar y te permite llegar al restaurante o a la orilla/entrada.

Lentamente nos fuimos hacia la entrada y vimos que había un acceso a la orilla, realmente orilla del mar. Y sin dudarlo terminamos todos ahí a unos cuantos pasos de la olas. Algunos se quitaron los zapatos, se subieron las botas del pantalón y decidieron meterse un rato.

Fue especial porque algunos no conocían el mar y decidieron meterse a jugar; otros simplemente lanzábamos piedras, otros tomaban fotos, hacían chistes o recogían piedras para traer de recuerdo.

Varios habían propuesto unos minutos antes si íbamos a ir a bailar o hacer algún plan nocturno, pero fue mucho más significativo para nosotros que sin planearlo, cerráramos la noche con un plan tan “de niños” en el que realmente lo más importante fue jugar.

6. Descanso en el río.

Esto nos adelanta unos cuantos días en el itinerario; ya habíamos conocido Cuzco, y ya habíamos salido de la ciudad para ir hacia zonas más rurales. nos estábamos quedando en un pueblo que se llama Urubamba. este era el inicio para ir hacia Machu Picchu y en el camino íbamos conociendo pequeños pueblos que hacían parte de Valle Sagrado.

En la mañana habíamos visitado las minas de sal:

Momento épico también.

y después este lugar increíble en Moray:

y después nos fuimos a almorzar. Desde las mesas teníamos vista a un río que se veía super refrescante. Ya en este punto el calor que hacía era muy fuerte, entonces ver el río producía ese impulso de ir a meterse.

Nos fuimos encontrando en ese río hasta que estábamos todos ahí jugando otra vez como niños, con las piedras o algunos encaramados en los árboles:

O algunos sentados por un rato observando. Es complicado describir con palabras lo que sentimos en este momento, fue breve pero muy alegre: el color verde del río, sumado al sol y a que recién habíamos comido (barriga llena corazón contento) , a los arbolitos que se movían mucho por la fuerza del viento, el viento que nos quitaba ese calor tan fuerte que teníamos, todos juntos molestando, fue una buena combinación.

7. Fogata.

Estábamos en el hotel de Urubamba y el lugar se prestaba para hacer una fogata. Alguien mencionó eso muy casualmente la primer noche que nos quedamos ahí y una de las personas que trabajaba ahí nos dijo que pidiendo autorización nos podían dar un espacio y leña.

Yo la verdad me imaginé un lugar afuera del hotel, pues todo estaba rodeado de pasto, y nunca me imaginé que tuvieran construido un espacio específicamente para fogatas.

Fue hasta esa noche que nos dimos cuenta de lo bonito que era ese espacio, era como un jardín con flores muy bonitas, pero en el centro había una grada pequeñita construida con piedras para no solo hacer la fogata sino poderse sentar alrededor de ella.

Molestando y contando historias.

Aquí nos pusimos a contar historias de terror y chistosas; nos hicimos preguntas un poco trascendentales también y logramos conocernos mucho más.

Varios pudieron ver estrellas fugaces porque el cielo era increíblemente despejado en una zona tan apartada de cualquier ciudad.

Este fue un cierre significativo para lo que venía al otro día: Machu Picchu. Ya estábamos en la recta final del viaje.

8. Viajando en tren.

Esta era nuestra segunda vez en Ollantaytambo. El día anterior habíamos visitado esta ciudad en la que se pudo evitar el avance de los españoles en tiempos de conquista y evitó que llegaran a Machu Picchu. De ahí su gran importancia.

Primer visita a Ollantaytambo.

En esta ocasión volvíamos porque allí queda la estación de tren que lleva a Aguas Calientes, pueblito del que uno sale en bus para Machu Picchu.

Este momento fue épico. El tren era hermoso, además tenía una vista domo que te dejaba ver el paisaje en cualquier dirección a la que miraras; la atención del personal fue increíble, la comida y el ambiente que se produjo hizo que todos estuviéramos con esa euforia pre Machu-Picchu, que cada vez que nos mirábamos nos reíamos por algo, o nos saludábamos o nos tomábamos fotos en conjunto.

A punto de subir.
Un poco de la vista.
Fotitos.
Llegando a Aguas Calientes.
Aguas Calientes.

El trayecto desde Ollantaytambo a Aguas Calientes duró una hora y media, lo que hizo que fuera un tiempo perfecto para hablar y compartir esa emoción conjunta. Hubo un momento en que resultamos de pie mirando por el lado ezquierdo del tren, un río muy bonito al que como raro le tomamos muchas fotos.

9. Cantando en el bus hacia Machu Picchu.

Después del almuerzo nos fuimos a la estación de buses que salen directamente hacia Machu Picchu.

Por pura suerte, quedamos en la parte trasera del bus y lo que hicimos en ese trayecto que dura como veinte minutos, fue cantar y cantar.

Tal vez por nervios, emoción, alegría y muchas otras cosas, la manera de canalizar todo eso fue cantar y ganarnos la fama de “the singers” entre los turistas que nos encontramos luego en Machu Picchu.

Fue muy emotivo que a medida que íbamos cantando veíamos como aparecía la tan famosa montañita que vemos en las postales o fotos que hacen ver muy lejano el poder estar ahí. Pero era una realidad para nosotros y estábamos a minutos de pisar ese lugar.

10. Machu Picchu.

Al inicio del viaje pensábamos que Machu Picchu iba a ser “lo más”. sí sabíamos que Perú era lindo, pero para algunos Monokus nisiquiera había expectativas, solo dejarse sorprender.

En este punto del viaje ya habíamos visto tantos lugares hermosos que aún con la expectativa sobre Machu Picchu, sentíamos que no iba ser ni lo único ni lo mejor del viaje. Fue el cierre más perfecto que pudimos tener, pero sería mentira decir que lo demás no fue tan genial. Fue a decir verdad la unión de todos los momentos y lugares lo que hizo de este, un gran viaje.

Con esto dicho, entramos a Machu Picchu.

Para mi era un misterio cómo se llegaba a esa vista de las postales. Yo creía que había que caminar por horas o algo así. Pero fue un camino de masomenos quince minutos subiendo unas escaleras por la montaña. Y de repente:

La fotito que uno no esperaba tomar.

Con personas increíbles para compartir ese momento.

Recorrimos todo el lugar en dos horas aproximadamente. Siempre estuvimos guiados y pudimos aprender bastantes datos históricos o curiosos, como sucedió en todos los sitios que visitamos previamente.

Lo que nos queda más allá del conocimiento adquirido, es una cantidad enorme de recuerdos bonitos, chistosos y conmovedores. Machu Picchu fue una mezcla de todo, fue donde la nostalgia de regresar empezó a aparecer acompañado de una inmensa gratitud por haber podido vivir algo tan significativo con los monokus.

El regreso

De un momento a otro ya estábamos en Bogotá. Al otro día y durante varios días seguidos nos daba nostalgia ver las cosas que habíamos traído desde allá. Podía ser un saco, una cadenita, un mug, dulces, lo que fuera que trajéramos a la oficina, era ese recuerdo reciente del viaje.

Cuando estábamos hablando de lo que queríamos contar en este artículo nos dimos cuenta que los momentos que más nos conmovieron o más nos gustaron, fueron esos más simples y menos planeados.

Los que no necesitaron dinero, ni nada especial para ser importantes. Cuando pregunté qué recordaban como relevante, coincidíamos en los instantes donde jugamos, donde hubo chistes o silencio de asombro por lo que veíamos y con esto confirmamos que los grandes momentos no los da el lugar sino las personas; y que lo inolvidable lo podemos crear donde sea siempre y cuando estemos rodeados de personas que son importantes en nuestras vidas.

¡Gracias Monoku!


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